Sobre mi frente el tacto frío del extremo del cañón
de la pistola que sujeta el hombre en el callejón.
Desde el cielo cae la lluvia fina y nos empapa,
igualando a los dos hombres, el suelo y el arma.
Solo pienso entre recuerdos como pudo ser mi vida
si por un asesinato no hubiese sido interrumpida.
La recuerdo el primer día, hablábamos sin descanso
sobre poemas de Neruda y nuestros sueños de cambio.
Y así durante días, puede que fuese demasiado rápido
pero nadie puede negar que ese tiempo fue mágico.
Pero el tiempo se acaba, ya no me recuerdas,
que fuiste tu la que a mi corazón abrió las puertas.
Un día desapareciste y te llevaste el corazón
atado a mil poemas rotos que la vida escribió.
Desperté de aquel recuerdo dispuesto a morir,
él entendió que por ella llegaría hasta el fin.
Levanté la mirada, ya no sentía el miedo,
las gotas en el arma no oxidaban el acero.
Le miré a la cara y me centré en su ojo tuerto.
–¿Quieres matarme? –dije– Adelante, yo ya estoy muerto.